viernes, 22 de abril de 2016

El nuevo monstruo

La crisis mundial desde el 2007 ha generado una deuda global sin precedentes. Las políticas monetarias expansivas y, en particular, la del BCE intentando aumentar la inflación en Europa nos han llevado a un crecimiento cada vez más pobre con tipos de interés negativos.

Porque no olvidemos que cuando un banco central cobra por los depósitos provoca este efecto.

Y efectivamente podemos pensar que aun habiendo este enorme exceso de deuda en el mercado, y en especial en Europa, si pensamos que hay alguien que compra lo que se vende, pues la burbuja no existe. Ahora bien, si el endeudamiento de las naciones crece más que los PIB nos debemos preguntar cuándo explotará este mercado. O como dicen muchos economistas, deberemos empezar a valorar, calcular y, sobre todo, controlar los impagos negociados en el futuro. Y es un escenario probable.

Porque lo que estamos viendo es que los Estados absorben no solo el ahorro privado vía impuestos, sino que impiden la inversión en el sector privado y en el sector público, con la intención de pagar su deuda. En estos años de crisis la deuda ha avanzado en 50 billones de euros, un 40% más y en un 17% del PIB. A la cabeza sin lugar a dudas China y los países periféricos europeos. Porque lo que hacemos cuando emitimos deuda es reducir el crecimiento futuro y si este no existe, o por lo menos no tanto como deberíamos para pagar nuestra deuda, llega la quiebra o la reestructuración o como hemos visto en esta crisis, los rescates.

A finales del 2015, M&G realizó una encuesta sobre el apoyo ciudadano a futuros rescates soberanos ante eventuales crisis de deuda y dificultades económicas. La pregunta era: ¿En qué medida apoyaría o se opondría a que su país diera un respaldo económico importante (o condonara toda o parte de la deuda que se le debe) en el caso de que otro país de la UE atravesara grandes dificultades económicas?

La oposición fue enorme exceptuando los dos países encuestados con mayor carga de deuda pública, Italia y España. Tontos no somos. Y esto nos hace pensar que si lo escrito sucediera, que cada palo (estado) aguante su vela (deuda) porque la impresión es que la hermandad europea desaparecerá en un suspiro.

Pero volviendo a los tipos negativos, lo que el BCE ha conseguido con sus acciones es crear una curva totalmente anómala. Es difícil explicar que la curva alemana hasta los 9 años sea negativa, y que la francesa, con crecimientos del PIB trimestral de 0,3%, alcance los tipos por debajo de cero hasta el quinto año. Porque cuando los precios de oferta y demanda se crean de una manera ficticia, de lo que debemos preocuparnos es de cuándo el BCE dejará de comprar, porque en ese momento veremos una vuelta muy brusca de mercado. Lo que pasó en el mes de abril del 2015, donde el bono español a 10 años pasó de 1,36 a 2,40 (en términos de precio un 10% de caída) será una simple anécdota cuando el BCE cierre el grifo.


A partir de ese momento los Estados deberán financiarse a tipos de interés que recojan la correcta prima de riesgo. Porque cuando el BCE deje de ser el comprador, los inversores exigirán a cada país rentabilidades acordes con sus ratios de crecimiento y deuda. Es cierto que todavía falta tiempo para ello, por lo menos hasta marzo del 2017, pero no es menos cierto que el mercado descuenta mucho antes los riesgos venideros.

Gonzalo Ramírez Celaya

martes, 19 de abril de 2016

Más allá del principio de Marginalidad

¿Qué significa actuar “marginalmente” o pensar en términos de “marginalidad”? Los economistas utilizan a menudo la expresión. El Círculo de Mises en la Viena de entreguerras incluso tenía canciones con estribillos que incluían las palabras “utilidad marginal”.

Desde el primer día de mis cursos sobre principios, enseño a mis alumnos que la gente toma decisiones “marginalmente”. Por supuesto, esta declaración se recibe inicialmente con miradas de aburrimiento resignado o desesperación. Trato de aclararlo diciendo que si miramos una hoja de papel, el margen es simplemente el borde, no toda la hoja. Esta explicación tampoco hace mucho bien. El hecho es que los economistas están tan acostumbrados al pensamiento marginal que les resulta duro explicarlo a quien no ha escuchado antes hablar de él. Así que lo que hago es pasar rápidamente a algunos ejemplos.

La paradoja del agua y los diamantes

La aplicación más famosa del marginalismo es la solución de la llamada paradoja del agua y los diamantes, que parece haber hecho callar a Adam Smith en su La riqueza de las naciones.El problema es este: ¿Por qué tienen los diamantes un valor de intercambio más alto que el agua, cuando lo diamantes son mera cursilería, mientras que el agua es esencial para la vida? ¿No debería la gente estar dispuesta a ofrecer más a cambio de una unidad de agua que de una unidad de diamantes?


Por supuesto, la respuesta es que ningún individuo está nunca en una situación de tener que elegir entre todos los diamantes en el mundo y toda el agua en el mundo. Una decisión concreta se toma marginalmente. Si se le ofrece elegir entre una copa de agua y un puñado de diamantes, la mayoría de la gente escogería estos últimos, porque la utilidad marginal de esos diamantes concretos es mayor que la utilidad marginal de esa copa de agua concreta.

Algunos economistas describirían esta situación diciendo que los diamantes son más escasos que el agua, porque la demanda de diamantes en relación con su oferta es mucho mayor. Sí, el agua es más importante para el bienestar humano que los diamantes, pero hay tanta agua alrededor que incluso si desaparecieran 10 billones de litros no preocuparía a nadie. Por el contrario, si se desvanecieran unas pocas libras de diamantes, alguna gente estaría muy molesta.

Profesores frente a deportistas

La confusión clásica sobre uso y valor de intercambio resurge en tiempos modernos siempre que alguien lamenta: “¡Los maestros solo ganan una fracción de lo que ganan los deportistas profesionales! ¿A este país no le importa la educación más que los deportes?”

Repito que esas declaraciones no tienen en cuenta el hecho de que las decisiones se toman marginalmente. El hecho de que un maestro gane 25.000$ mientras que un jugador de béisbol gana 250.000$ no implica que nadie piense que el béisbol es más importante que la educación (¡aunque alguno pueda creer eso!) Lo que significa es que el primer empresario cree que los servicios de ese maestro concreto valen (como mínimo) 25.000$, mientras que el segundo empresario cree que los servicios de ese jugador concreto de béisbol valen (como mínimo) 250.000$.

Igual que con el agua y los diamantes, se trata de escasez relativa. La aptitud y habilidades necesarias para ser maestro son mucho más abundantes (en relación con las necesidades que tienen otros de servicios de enseñanza) que la aptitud y habilidades necesarias para convertirse en deportista profesional (en relación con la cantidad de deportes profesionales que los consumidores quieren ver). Si cincuenta maestros de instituto de EEUU elegidos al azar se despidieran repentinamente, el impacto en la educación sería inadvertido: podrían encontrarse sustitutos casi inmediatamente y en poco tiempo nadie advertiría el cambio. Pero si se despidieran repentinamente cincuenta jugadores de la NBA, a la liga le llevaría años recuperarse completamente de la pérdida.

Antes de abandonar el tema de la paga del maestro frente al deportista, dejadme que apunte una sutil contradicción de los críticos del capitalismo: La misma gente que nos recuerda una y otra vez que la renta de una persona no mide su valor intrínseco, son los que más se quejan sobre estas “prioridades” del país en lo que se refiere a los salarios. Pero si ya estamos de acuerdo en que el salario de una persona no tiene relación con el valor moral o la importancia social, ¿por qué el maestro (o la enfermera, el bombero, etc.) tiene derecho a más dinero que el deportista profesional?

Costo hundido

Una extensión lógica del pensamiento marginalista es la noción de costo hundido. Aquí el principio se resume normalmente en la expresión, “Lo pasado, pasado está”. Por alguna razón, la gente tiene una tendencia a tomar decisiones actuales inferiores por un intento equivocado de mitigar errores previos en la previsión.

Un ejemplo típico sería un hombre que va a un restaurante elegante y que, en un alarde de atrevimiento, pide un plato de 100$ a pesar de que el camarero le advierte de que es bastante picante. Tras probar el plato, el hombre se da cuenta de que es demasiado fuerte apara su paladar. De hecho, lo encuentra tan intolerable que normalmente lo dejaría. Pero como el hombre tendrá que pagar 100$ por él (suponemos que no puede devolverlo), se obliga a tomarlo para “no tirar su dinero”.

Aquí el error es que nuestro hombre está olvidando que los 100$ están hundidos, Se coma el plato o no, tendrá que pagar al restaurante 100$ cuando se vaya. Su decisión anterior (pedir el plato) le obligó a esto y fue esa decisión la que de verdad le costó 100$. Ahora, con la comida picante frente a él, el hombre afronta una decisión consiguiente: ¿comer el plato o no? Si, por estipulación, el hombre preferiría quedarse con hambre a obligarse a comerla si fuera gratuita, entonces debería hacer aquí lo mismo, pues la decisión de comer o no el plato no conlleva consideraciones financieras. (Es decir, nadie espera aleteando a entregar al hombre un billete de 100$ por limpiar su plato).

Un ejemplo similar sería el de alguien que gasta 1.000$ en ser miembro de un gimnasio y luego se obliga a ir todos los días, aunque no lo haría si la inscripción le hubiera costado solo 100$. Repito, estos 1.000$ ya se han gastado: el hombre debe decidir, cada día, si ir ese día o no. Cada decisión es marginal: el hombre no puede deshacer sus acciones anteriores. Ya no está en disposición de apuntarse o no al gimnasio.

Acabaré con un ejemplo final tomado de una experiencia real. Conozco a alguien que gastó mucho en renovar una casa, que resultaba tener un árbol  viejo y podrido a su lado. Cuando el vecino de la puerta de al lado le preguntó acerca de poner unos pocos cientos de dólares para eliminar el árbol (para que no cayera en ninguna casa), el propietario respondió aparentemente: “No, ya he puesto demasiado dinero en esta propiedad”.

Igual que en la justificación de la comida, esta explicación tampoco tiene sentido, porque no trata lo pasado como pasado. El dinero ya se ha gastado renovando la casa. Ahora, se trata de esto: ¿Gastar unos pocos cientos de dólares merece la reducción del riesgo de daño a la casa? Quizá sí y quizá no, no digo que el propietario tomara la decisión errónea. Pero la afirmación de que esta decisión debería estar influida  por cuánto “dinero total” se haya inyectado en el proyecto, aunque comprensible, se bien abajo en cuanto se analiza.

Conclusión


Uno de los principios básicos de la economía es que la gente toma decisiones marginalmente. Fundamentalmente, esta es una declaración positiva: La gente en realidad solo toma decisiones entre unidades marginales; nadie elige nunca entre “agua” y “diamantes”. Sin embargo, el principio marginal (y la doctrina relacionada de los costos hundidos) puede también ser prescriptiva cuando la gente toma decisiones basada en cadenas defectuosas de razonamiento.



Robert P. Murphy